Así es la gloria
Dos victorias en cuatro temporadas. Una secuencia aplastante. En 2006, el Barcelona ganó la primera Champions League de su era contemporánea. Con Johan Cruyff arrancó la era moderna. El holandés enseñó a paladear el buen fútbol. La última Copa de Europa recaló en las vitrinas del Barcelona. Luego llegó la Champions League. Habían pasado casi tres lustros, y, de la mano de Frank Rijkaard, el juego del Barcelona volvía a rezumar aroma de precisión. De nevo, jugadores reconvertidos en alfiles, reyes y peones. ¿Y el Camp Nou? El santuario de la exquisitez. El ajedrez de la belleza.
Y llegó Josep Guardiola. El delfín de Cruyff. El sucesor. Monarca precoz. Una temporada en en el filial bastó al de Santpedor para coronarse. No desaprovechó la oportunidad, y, en un año, clasificó al Barcelona para una nueva final de la Champions League. Se enfrentó al campeón de entonces, el Manchester United. El único rival que podía desafiar las pretensiones blaugranas. Todo quedó en un espejismo. El furor inglés se desvaneció ante un Barcelona pletórico y predestinado.
El tercer triunfo pasa por eliminar al Inter de Milán. Ganando después la final, se completaría un ciclo maravilloso. El lustro divino. En la tarde-noche de hoy, el Camp Nou debe ser una fortaleza a la altura del desafio. Cien mil almas indómitas poblarán las gradas del estadio. Los cien mil hijos de San Jordi deben honrar a los hoplitas que tantas conquistas les han reportado. La comunión de todos es la única clave válida para engrandecer una historia goloriosa.




